Estos últimos meses he preferido los bares. La he pasado bien escuchando una que otra buena canción que sale de las rocolas en los bares del centro de la ciudad. Lo curioso es que siempre tocan las mismas canciones; siempre The Beatles o Pink Floyd. Rara vez he escuchado otra banda seminal. Siempre "The Wall". Y no es tan difícil de entender: los de los bares, universitarios la mayoría, pasan horas y horas en Internet y no hacen más que escuchar la cochinada de siempre y ¡claro!... los clásicos. Puedo afirmar sin temor a equivocarme que mi generación (nacidos en los años setenta) y las anteriores, hubiésemos matado por tener acceso a una cantidad tan brutal de música como la que hoy en día se encuentra en la Red. ¿Cómo perdonar que estos chamacos disfruten, si bien les va, sólo un par de géneros musicales? Es imperdonable. A lo que no tengo respuesta es a esto: ¿qué es peor, esta nueva generación escuchando entre todas las posibilidades que da la tecnología sólo dos o tres géneros musicales o mi generación que al parecer nunca se enteró que después de "The Joshua Tree" se grabaron más discos? Lo peor viene cuando al calor de los tragos afirman que está re-chingón el nuevo disco de Cerati; dan ganas, lo juro, de ponerlos frente a las bocinas más grandes y potentes del mundo, tocarles el más reciente material de Tavito y preguntarles, a gritos y después de unos sopapos, ¿dónde chingados está lo “chingón” en este disco?
En Tijuana, en los noventa, cuando conseguir un buen disco era una titánica labor, había pocas opciones para descubrir “buena música”, cualquier cosa que eso signifique: le encargabas a Sergio (Ciruela Eléctrica) esos rarísimos discos de rock; a Leonel (Laberinto) las ediciones de grupos españoles o juntabas una lana y te ibas de road trip hasta dar con Amoeba en Los Ángeles.
Para estos universitarios es invisible la línea (¿línea? ¡Abismo!) que divide al postpunk de la cultura MTV; pregonan lo mismo frases de Morrisey que de Bunbury. Les da igual si es músico electrónico o Dj, el fin es bailar. Prefieren a The Killers que a Siouxsie. Si la música no aporta, no importa: está de moda: Prefieren el videojuego Beatles Rockband al "White Album" (¡hazme el chingado favor!). Su Ipod suena uniforme. Viven la noche con los oídos vendados. Hablan de música con una autoridad que da ternura. Aman a Radiohead y a Cerati no lo bajan de poeta porque no entienden que un puñado de buenas frases no es poesía. Necios tan seguros de sí mismos. Nada más infame que afirmarse melómano sin serlo. Quien tenga una colección de varios miles de discos estará de acuerdo conmigo: sabemos nada.
La verdad es que me da envidia (y coraje). Cuando tenía veinte años en pocos bares sonaba música decente, uno no escogía las canciones de una rocola y quedaba tirado a su suerte, rogando para que el Dj no tocara “El Tiburón” de Proyecto Uno; la única opción era meterse al Ranas, La Peña o Berlín; pero como nada es gratis en la vida, había que actuar, tal como lo aprendí al cursar la Licenciatura en Administración, según las teorías del economista Friedrich von Wieser y su Coste de Oportunidad: si querías bella música aguantabas mujeres feas, si querías mujeres bellas aguantabas música fea. Así que hoy, con desbordante espíritu conformista y siendo extremadamente ingenuo, disfruto de ver chicas bellas (no todas) en un bar, mientras empino la cerveza oscura y suena, después de 10 malísimas canciones, otra vez “The Wall”, al fin es Pink Floyd, ¿no? Miles Davis es mucho pedir, Kraftwerk es poco probable, pero tal vez tengamos suerte y reconciliemos a las féminas con Bowie. Y sí, ya vi un disco de Bowie en una rocola de un bar del centro; echaré varias monedas, muchas, todas si es necesario, sé de dos o tres amigos que agradecerán infinitamente el tomar cerveza mientras una chica les dice (si no por convicción, por repetición) al primer acorde: “ohhhh, Space Oddity” Lo juro, el día que me pase eso, me caso.